A L@S COMPAÑER@S Y PUEBLOS
DE MEXICO Y DEL MUNDO
QUIENES LUCHAN POR LA JUSTICIA
POR LA DIGNIDAD, POR LA LIBERTAD,
POR LA DEMOCRACIA, POR LA PAZ
A LA OTRA CAMPAÑA
A LA ZEZTA INTERNACIONAL
A LAS ORGANIZACIONES DE
DERECHOS HUMANOS
NACIONALES E INTERNACIONALES
A LOS MEDIOS NACIONALES
E INTERNACIONALES
Quienes firmamos este escrito nos pronunciamos en apoyo a nuestr@s herman@s zapatistas, ante las agresiones que están viviendo, considerando que:
1. Tenemos memoria y no olvidamos el incumplimiento del gobierno federal de los Acuerdos de San Andrés y de las tres señales para el diálogo con el EZLN, pues hasta el momento todavía hay compañeros presos políticos zapatistas en Tabasco y la ley Bartlet-Ceballos-Ortega que fue aprobada fue una ley espuria.
2. Que han sido demasiadas las agresiones del gobierno en todos sus niveles para manchar el trabajo por la justicia, por la dignidad, por la democracia, por la libertad que nuestr@s compañer@s zapatistas han venido haciendo. Por esta razón fue que se pusieron en Alerta Roja en 2005 cuando quisieron implicarlos en sembradíos de estupefacientes, cuando sabemos que nuestr@s compañer@s prohíben no solo la siembra, sino el consumo de drogas y alcohol en todas los territorios zapatistas.
3. Que hemos conocido las denuncias por los hostigamientos y ataques paramilitares de que han sido objeto y que ahora se recrudecen en los dos últimos meses de este 2007.
4. Que nuestr@s herman@s zapatistas se han sumado a la lucha por la justicia ante las violaciones a los derechos humanos en todos los estados de nuestro país y que fueron más evidentes y graves, de lesa humanidad, en Atenco y Oaxaca.
5. Que La Otra Campaña es una iniciativa civil y pacífica, convocada por nuestr@s herman@s zapatistas desde la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, para unir nuestros esfuerzos por la paz, por la justicia, por la dignidad, por la democracia, por la libertad y estamos avanzando en la construcción de un Programa Nacional de Lucha, anticapitalista, abajo y a la izquierda.
6. Que con las políticas federales del gobierno panista de Felipe Calderón Hinojosa, para el supuesto ataque al narcotráfico y aparentemente para salvaguardar la seguridad pública, se ha extendido e intensificado la militarización en todos los estados de la República, amenazando así a todas las expresiones independientes y al pueblo en general.
7. Que respaldamos a nuestr@s herman@s zapatistas en el ejercicio de todos sus derechos, entre ellos especialmente el del respeto y cuidado por la vida y lo que han hecho por la Madre Tierra, desde sus territorios autónomos, para que no sean talados los bosques que nos dan oxígeno y son parte del equilibrio ecológico que tenemos que atender toda la humanidad.
Además sabemos que nuestr@s herman@s zapatistas han buscado siempre en situaciones de conflicto con comunidades cercanas y con otras organizaciones que se han acercado a ell@s, a través de las Juntas de Buen Gobierno, la solución pacífica de los problemas que se presentan. Sin embargo, nos indignan las agresiones las que consideramos como provocaciones y un atentado al clima de paz que han logrado con el ejercicio de la justicia y el respeto a la dignidad en los territorios zapatistas.
Por todo lo expuesto levantamos nuestra voz y exhortamos a todo el mundo a pronunciarse, a movilizarse y acompañar, con todas las formas de solidaridad posibles a nuestr@s herman@s zapatistas, ya que los tres niveles de gobierno (municipal, estatal y federal) están propiciando condiciones de enfrentamiento entre los pueblos, a través de las organizaciones paramilitares que han efectuado
robos, hostigamientos, detenciones arbitrarias, amenazas de muerte, con la destrucción de los plantíos de las tierras zapatistas, con el corte de ductos de agua, donde llegan armados y disparan al aire en zonas cercanas a las comunidades y donde además en algunas zonas hay sobrevuelos de helicópteros.
Responsabilizamos a los tres niveles de gobierno, desde el federal panista de Felipe Calderón Hinojosa, de cualquier daño que puedan tener nuestr@s herman@s zapatistas de La Otra Campaña, porque sería un atentado contra la humanidad y una violación grave contra los derechos humanos plenos, de los que dicen respetar los gobiernos.
domingo, marzo 25, 2007
miércoles, marzo 14, 2007
lunes, marzo 12, 2007
Precious.......ssssssssss!!!!!!!!!
Precious - the sims 2 music video
Sin duda DEPECHE MODE: fue, es y seguirá siendo una de las mejores bandas en la historia de la Música.
Y quien no lo considere así, o esta péndejo o no tiene ni una pizca del sentido y de sensibilidad musical.
PD: quien me contradiga..... con todo respeto; ke chingue a su madre…OK….OK
El 7 PM
Sin duda DEPECHE MODE: fue, es y seguirá siendo una de las mejores bandas en la historia de la Música.
Y quien no lo considere así, o esta péndejo o no tiene ni una pizca del sentido y de sensibilidad musical.
PD: quien me contradiga..... con todo respeto; ke chingue a su madre…OK….OK
El 7 PM
“Las mujeres no somos botín de guerra”, gritan a Calderón

México DF, 8 marzo 07 (CIMAC).- “¡Las mujeres no somos botín de guerra!”, gritaron miles de mujeres este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, en reclamo por la militarización del país y las violaciones cometidas por miembros del ejército y las policías a lo largo y ancho de la República.
En una marcha permeada por la indignación ante las violaciones sufridas por mujeres en Atenco, Oaxaca, Coahuila, Chihuahua, Chiapas y Veracruz, pero sobre todo por la impunidad y la falta de respuesta de las autoridades, el contingente recorrió esta tarde del Monumento a la Revolución hasta el Zócalo de la Ciudad de México.
Las manifestantes exigieron también la libertad de las presas políticas de Atenco y Oaxaca, quienes han denunciado reiteradamente el trato inhumano y la violación sexual que cometieron contra ellas elementos de la Policía Federal Preventiva (PFP).
Las mujeres marcharon acompañadas por estudiantes de Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), representantes de las organizaciones sociales de Atenco y Oaxaca, del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) y de la Sección 200 del Sindicato de Mineros y del Centro Nacional de Comunicación Social (Cencos).
Organizadas en contingentes de diversas corrientes del movimiento feminista y de mujeres, como el de Católicas por el Derecho a Decidir, Salud Integral para la Mujer (Sipam), así como feministas independientes, exigieron también libertad de conciencia, igualdad de género para poner fin a la pobreza y respeto a los derechos reproductivos de las mujeres.
Entre los contingentes iba también la senadora Rosario Ibarra de Piedra, quien a sus 80 años continúa participando en la lucha por el respeto a los derechos humanos de las y los mexicanos, así como la periodista y feminista Sara Lovera, entre otras.
Durante el mitin que tuvo lugar al finalizar el recorrido, Elvira Martínez, viuda del minero José Vladimir, muerto en el derrumbe de Pasta de Conchos junto con otros 61 trabajadores, pidió castigo a los culpables de la tragedia que, dijo, no fue un accidente, sino el resultado de la negligencia e irresponsabilidad de los dueños de Minera México y de las autoridades, principalmente la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, el gobierno del estado y el Ejecutivo Federal.
Debido a su ambición y omisiones, dijo Martínez, muchas mujeres y casi cien niños padecemos la ausencia de nuestros esposos, nuestros compañeros, nuestros hijos y nuestros padres. Así es como el gobierno de Calderón cuida y respeta a las familias.
Habló también Ana María Robles, del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT) de San Salvador Atenco, quien recordó que 7 mujeres aún están presas en el penal de Santiaguito, como respuesta del gobierno a su decisión de levantar la voz, unirse y defender sus derechos.
“Ellas fueron violadas, golpeadas y torturadas por la policía, pero aún así, dicen, no nos van a callar, a pesar de estar encerradas”, afirmó Ana María, que estuvo también presa junto con ellas.
JUSTICIA PARA LAS MUJERES DE ATENCO
Poco antes de la marcha, organizaciones sociales exigieron a la fiscal Alicia Elena Pérez Duarte, titular de la Fiscalía para la Atención de Delitos Violentos contra Mujeres (Fevim), acelerar el proceso y consignar a los responsables de la violación y tortura de las mujeres de Atenco.
En rueda de prensa, celebrada en el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez (Prodh), que desde mayo de 2006 ha participado como coadyuvante en la investigación que está por concluir, Luisa Pérez, abogada del organismo, señaló que la fiscalía cuenta con elementos suficientes para consignar al menos 5 denuncias ante un juez federal.
Existen pruebas para demostrar la tortura física, psicológica y sexual contra estas mujeres, afirmó, y los peritajes que realizaron de manera independiente peritos de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y del Colectivo Contra la Tortura y la Impunidad (CCTI), lo constatan.En este sentido, Ricardo Lowe, del CCTI, pidió no minimizar los resultados realizados por peritos independientes, pues cumplen con los requisitos internacionales.
La abogada del Prodh dijo que “las probables ataduras que pudiera tener la Fiscalía para realizar la investigación deberá resolverlas porque existe un compromiso de la fiscal con las mujeres de Atenco.“Se supone que es una fiscalía con perspectiva de género, que se dice sensible a la violencia que padecen las mujeres, esperamos que sea imparcial y que asuma el compromiso que adquirió con las mujeres de Atenco”, advirtió la activista.
Es evidente, señalaron los del CCTI, que las autoridades del Estado de México no ofrecerán una investigación imparcial, por lo que reiteraron su exigencia para que la Fevim, que tiene más herramientas para proporcionar justicia a las mujeres y sus familiares, actúe de inmediato.Luisa Pérez recordó que desde el 17 de mayo de 2006, 14 días después de los operativos en San Salvador Atenco y Texcoco, 14 mujeres ratificaron su denuncia por la tortura física, sexual y psicológica por parte de policías federales y estatales.
La activista y defensora de derechos humanos recordó que el gobierno mexicano cuenta con dos recomendaciones internacionales.
La primera del Comité Contra la Tortura (CAT por sus siglas en inglés) y la segunda del Comité contra la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (Cedaw).
La sociedad de consumo es una trampa cazabobos.
El imperio del consumo.
La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas lasguerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejoproverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble.
La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal pareceno tener límites en el tiempo ni en el espacio.
Pero la cultura de consumosuena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo,acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar.
La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y másamplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que andenpor los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo.
El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige susimperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; peroni modo: para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nadamás que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acabaconsumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.
El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormira las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, lasflores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido.
En la fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente estácondenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar.
Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica.EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicasque se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogasprohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.
«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barriodel Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener.
Un hombre pobre es un pobre hombre.«Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en elbarrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Vivencomprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas».Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda.
La producción en serie, en escala gigantesca,impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de launiformizació n obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a losseres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.
El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación.Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidadsevera» ha crecido casi un 30 % entre la población joven de los países más desarrollados.
Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en losúltimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro deCiencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayorcantidad de gordos del mundo.
El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvilpara trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando lospaladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocinalocal. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimoniocolectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa delos ricos.
Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposicióndel saber químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura dela fast food. La plastificació n de la comida en escala mundial, obra de McDonald's, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a laautodeterminació n de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene elalma una de sus puertas.
El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eternajuventud y que el menú de McDonald's no puede faltar en la barriga de un buenatleta.
El inmenso ejército de McDonald's dispara hamburguesas a las bocas de los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa Msirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este deEuropa. Las colas ante el McDonald's de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como eldesmoronamiento del Muro de Berlín.Un signo de los tiempos: esta empresa, que encarna las virtudes del mundolibre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato. McDonald's viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países dondeopera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llamala Macfamilia , intentaron sindicalizarse en un restorán de Montreal en Canadá: el restorán cerró. Pero en el 98, otros empleados e McDonald's, en unapequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la GuíaGuinness.
Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, encualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto desiglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y eltiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio.
Tiempo libre,tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y el televisor tiene la palabra. Comprado a plazos, ese animalito prueba lavocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos.Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cualbanco ofrece.
Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuntos contra lasoledad.
Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla. Lacultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Losagujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también pueden ser símbolos deascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad declases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor: las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario.
La publicidadno informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace.
Eso es lo demenos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar?El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no sonsolamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética individualista.
La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobrela apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que eldinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferenciaes asunto de especialistas.Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil años devida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros cultivos, a fines del paleolítico. La población mundial se urbaniza, loscampesinos se hacen ciudadanos.
En América Latina tenemos campos sin nadie yenormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas. Expulsados por la agricultura moderna de exportación, y por la erosión de sustierras, los campesinos invaden los suburbios.
Ellos creen que Dios está entodas partes, pero por experiencia saben que atiene den las grandes urbes. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos.
En loscampos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en lasciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada esgratis y que los más caros artículos de lujo son el aire y el silencio.Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían «porque la gentetiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentracon quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad?
El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relacioneshumanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentracon las cosas?El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden yprivatizan los espacios públicos.
Las estaciones de autobuses y de trenes, quehasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.
El shopping center, o shopping mall, vidriera de todas las vidrieras, imponesu presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este templo mayor de las misas del consumo.
La mayoría de los devotos contempla, enéxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoríacompradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante.
El gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: losmaniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, ypara ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones dela felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionalesmás famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza. Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanosacuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro.
Eltradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados,vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no sonconvidados, pero pueden ser mirones.
Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética delmercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas.La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de lanecesidad de vender.
Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadaspor otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como elcapital que las financia y el trabajo que las genera.
El dinero vuela a lavelocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shoppingscenters, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad.
Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de lapeligrosa realidad del mundo.Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancíade vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que lapublicidad lanza, sin tregua, al mercado.
Pero, ¿a qué otro mundo vamos amudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidióprivatizar el universo?
La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienenla manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nadanecesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. Lainjusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar:
es una necesidad esencial.
No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping centerdel tamaño del planeta.***
Por Eduardo Galeano
IRC Americas |Caracoles Zapatistas: Creación heroica
Caracoles Zapatistas
En México estamos en medio de un cambio de época. Si bien los de arriba dieron pasos fundamentales para destruir lo que desde la perspectiva de izquierda existía, no lograron consolidar un "nuevo orden mundial", no lograron generar un nuevo ciclo largo de crecimiento económico a pesar de la incorporación masiva de cientos de millones de seres humanos al proceso productivo capitalista.
Los Caracoles zapatistas representan una fusión entre la tradición indígena y un proceso de autoorganización social, producto de opción política precisa.
El EZLN y los pueblos zapatistas apostaron a una forma de organización y participación político-social que rompe con cualquier tradición de territorios liberados o zonas bajo control para poner en pie un sistema autogestionario sin parangón en la historia.
Sergio Rodríguez Lascano es economista y director de la Revista Rebeldía, y colaborador con el
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sábado, marzo 10, 2007
LEY REVOLUCIONARIA DE MUJERES
Día NUEVE
Artículo noveno
"Las mujeres podrán ocupar cargos de dirección en la organización y tener grados militares en las fuerzas armadas revolucionarias"...
Mariana Selvas Gómez fue detenida el 4 de mayo de 2006 durante los brutales actos de represión contra el pueblo de Atenco. Mariana es estudiante de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), firmante de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona y adherente de la Otra Campaña. Acaba de cumplir 23 años y formaba parte del equipo de salud que acompañó la caravana del Delegado Zero en su recorrido por el país.
En sus propias palabras, esto fue lo que ocurrió el 4 de mayo:
"En nuestro momento de la detención fui sometida por aproximadamente 50 granaderos, los cuales me pegaron a la pared, pusieron mis manos en la nuca, mientras me golpeaban e insultaban entre todos. Me tiraron al piso e igualmente me golpearon, con patadas, con puñetazos, con los toletes y las macanas, me jalaban el cabello, me pisotearon, después me levantaron y entre empujones y golpes me subieron boca abajo en una camioneta de la policía, yo quedé hasta abajo, subieron a muchas personas encima de mí, a las cuales también sometieron, golpearon e insultaron.
Artículo noveno
"Las mujeres podrán ocupar cargos de dirección en la organización y tener grados militares en las fuerzas armadas revolucionarias"...
Mariana Selvas Gómez fue detenida el 4 de mayo de 2006 durante los brutales actos de represión contra el pueblo de Atenco. Mariana es estudiante de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), firmante de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona y adherente de la Otra Campaña. Acaba de cumplir 23 años y formaba parte del equipo de salud que acompañó la caravana del Delegado Zero en su recorrido por el país.
En sus propias palabras, esto fue lo que ocurrió el 4 de mayo:
"En nuestro momento de la detención fui sometida por aproximadamente 50 granaderos, los cuales me pegaron a la pared, pusieron mis manos en la nuca, mientras me golpeaban e insultaban entre todos. Me tiraron al piso e igualmente me golpearon, con patadas, con puñetazos, con los toletes y las macanas, me jalaban el cabello, me pisotearon, después me levantaron y entre empujones y golpes me subieron boca abajo en una camioneta de la policía, yo quedé hasta abajo, subieron a muchas personas encima de mí, a las cuales también sometieron, golpearon e insultaron.
Como yo iba hasta abajo de todos, en el trayecto se me durmió el cuerpo. Al llegar al camión nos bajaron de la camioneta con golpes.
A mí me bajaron arrastrando porque no me podía mover. Al subirme al camión me di cuenta que adentro de éste estaban golpeando a todos. A mí entre golpes, insultos y empujones me comenzaron a manosear; primero los glúteos, luego a frotarme encima del pantalón, después empezaron a preguntar mis datos personales mientras me tocaban mis senos, primero encima de la ropa y luego metiendo sus manos de manera tosca por debajo rompiéndome el brassier y causándome gran irritación en los pezones por pellizcos y jalones.
"…Intentaron quitarme el pantalón pero los golpes de los otros policías no lo permitieron. Durante el transcurso hubo amenazas de muerte, decían que nos iban a desaparecer y que si sobrevivíamos íbamos a parar 80 años encerrados."
"…No podíamos movernos, si nos movíamos nos golpeaban con saña, una mujer policía se fue parada en mi espalda, se escuchaba cómo abusaban de otras mujeres en mi camión, especialmente a una alemana. Se escuchaba como si estuvieran viendo una película pornográfica, así como insinuaciones de que se iban drogando."
"…El camino fue muy cansado, no podíamos movernos, íbamos aterrados. Al llegar al penal nos fueron parando a cada uno con golpes e insultos, hicieron que nos cubriéramos el rostro con la playera. Al entrar al penal fue el mismo trato, golpes, insultos. Dábamos cinco pasos y nos volvían a pegar a la pared con la cabeza agachada y nos volvían a golpear."
(Testimonio de Mariana Selvas Gómez)
Exigimos su libertad inmediata.
Para más información sobre Mariana, se pueden consultar las siguientes direcciones electrónicas:
http://www.vcn.bc.ca/prisons/espanol.html
http://hijoscanada.itgo.com/
http://fodeg.tripod.com/espanol/PRESASYPRESOSPOLITICOS.htm
Sector Mujeres y la Sexta DF-Edomex
Abajo y la izquierda, con todo el corazón
Falta un día...
sábado, marzo 03, 2007
Solidaridad con mapuches
Reserva Mapuche Santa Rosa
A los Pu peñi pu lamuen,
A los compañeros y amigos no mapuche,
A los hombres y mujeres de buena voluntad,
A las organizaciones de derechos humanos,
A los gobiernos nacional y provincial,
A quienes reciban este pronunciamiento en cualquier parte del mundo:
Las montañas de Leleque, el río Chubut, el viento perpetuo de este rincón del Wallmapu, territorio ancestral mapuche, son testigos de nuestro regreso a esta pequeña porción de la Mapu (tierra) jamás renunciada, siempre recordada.
Santa Rosa despierta en todos nosotros pertenecientes a diversos lofche (comunidades Mapuche) la búsqueda de la verdad histórica. Santa Rosa ha presenciado décadas de despojo, de violencia, de intolerancia, de usurpación, de desapariciones y de muerte. Los Futakecheyem (Antiguos) hombres y mujeres que pisaron libremente esta tierra hoy yacen en vitrinas de museos, sus instrumentos sagrados son piezas de exhibición, acallados por la fuerza hoy son trofeos de una cultura que destruye lo diferente: las ideas diferentes, filosofías, espiritualidades, ideologías, pueblos diferentes. Sin embargo, las pisadas de estos antiguos son huellas inspiradoras. Somos consecuencia de esas huellas. Seguimos siendo Mapuche y tenemos la responsabilidad y la necesidad de revelar la verdad histórica.
En el año 2002 una familia Mapuche intentó materializar su sueño en estas tierras. Esto no fue posible. El monstruo de la represión enseñó inmediatamente sus fauces. A pesar de todo siguieron soñando, hasta que esa razón se hizo colectiva y en este día retornamos a esta tierra para darnos una oportunidad de vida comunitaria.
A 90 kilómetros de Esquel, a 70 Km. de El Bolsón, la ruta 40 se convierte en una frontera entre dos lógicas: la comunitaria, donde una comunidad Mapuche con varias familias desarrolla su vida en 534 hectáreas y la de un solo empresario, Bennetton, que no habita allí y se adjudica el derecho de gobernar sobre 900.000 hectáreas.
Desde que nuestro pueblo fue usurpado territorialmente, los terratenientes han gozado de impunidad, de resguardo de sus bienes, de su "propiedad privada". ¿La nieve es propiedad privada? ¿el viento es propiedad privada? ¿El río es propiedad privada? Mientras tanto nuestro pueblo fue perseguido, desalojado, asesinado, hacinado en los barrios mas pobres de las ciudades. ¿De quién depende vivir en paz? ¿La democracia ha llegado a los Mapuche? ¿Se abrirán juicios por la verdad histórica? ¿La jurisprudencia del estado Argentino: concebirá como "delito imprescriptible" , de "lesa humanidad", los padecimientos de nuestro pueblo? Ultimamente y de forma reiterada se habla de derechos humanos: ¿será que los mapuche no somos considerados humanos? ¿Y la Constitución, los Convenios Internacionales, los Tratados por la Paz son palabras vacías?
Por eso a partir de hoy, 14 de Febrero, hemos retornado a Santa Rosa a ser lo que somos: Mapuche, gente de la tierra.
Con este gesto queremos expresar que todos tenemos derecho a diseñar nuestro propio futuro, que nuestra acción puede servir como fuente de inspiración, como aporte, como espacio abierto de participación para quienes revalorizamos la diversidad cultural. Hoy hablamos, los silenciados de siempre, a los sordos simuladores que han "gobernado" este país.
Pu peñi, pu lamuen, compañeros, amigos: es el tiempo exacto de reescribir nuestras historias. Convocamos a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a solidarizarse, acompañarnos, de todos depende que la Mapu (tierra) sea un lugar más respirable.
Por la Verdad histórica.
Por territorio, cultura, justicia y libertad!!
Marici Weu! Marici Weu! Marici Weu! Marici Weu! (¡Diez veces venceremos!)
Pueblo Nación Mapuche
Para contactarse: (02945) 15691111 (02945) 15689808 e-mail: santarosarecuperada @yahoo.com.ar
La sociedad de consumo es una trampa cazabobos.
El imperio del consumo.
Por Eduardo Galeano
La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las
guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo
proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble.
La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece
no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo
suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad,
cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo,
acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar.
La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo
sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más
amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden
por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza
humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus
imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero
ni modo: para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del
televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada
más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba
consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.
El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos.
Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir
a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las
flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En la
fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está
condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar.
Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la
industria farmacéutica.
EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas
que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas
prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta
que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.
«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio
del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango,
ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre.
«Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el
barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana
de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven
comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas».
Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la
rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca,
impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la
uniformizació n obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del
partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los
seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.
El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde
la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación.
Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad
severa» ha crecido casi un 30 % entre la población joven de los países más
desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los
últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de
Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas
y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor
cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil
para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa
cuatro horas diarias devorando comida de plástico.
Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando los
paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina
local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos
países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio
colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de
los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de
la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición
del saber químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de
la fast food. La plastificació n de la comida en escala mundial, obra de
McDonald's, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la
autodeterminació n de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el
alma una de sus puertas.
El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que
la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eterna
juventud y que el menú de McDonald's no puede faltar en la barriga de un buen
atleta. El inmenso ejército de McDonald's dispara hamburguesas a las bocas de
los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M
sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este de
Europa. Las colas ante el McDonald's de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y
platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el
desmoronamiento del Muro de Berlín.
Un signo de los tiempos: esta empresa, que encarna las virtudes del mundo
libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato.
McDonald's viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países donde
opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama
la Macfamilia , intentaron sindicalizarse en un restorán de Montreal en Canadá:
el restorán cerró. Pero en el 98, otros empleados e McDonald's, en una
pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Guía
Guinness.
Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad
ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en
cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto de
siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos,
los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el
tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre,
tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y
el televisor tiene la palabra. Comprado a plazos, ese animalito prueba la
vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos.
Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y
pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual
banco ofrece.
Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuntos contra la
soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan,
comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla. La
cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los
agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo. Y
las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también pueden ser símbolos de
ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de
clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor:
las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad
no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de
menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar
fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar?
El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son
solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética
individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobre
la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el
dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos
de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia
es asunto de especialistas.
Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil años de
vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros
cultivos, a fines del paleolítico. La población mundial se urbaniza, los
campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y
enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas.
Expulsados por la agricultura moderna de exportación, y por la erosión de sus
tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en
todas partes, pero por experiencia saben que atiene den las grandes urbes. Las
ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los
campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las
ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren
los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es
gratis y que los más caros artículos de lujo son el aire y el silencio.
Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia
un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían «porque la gente
tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra
con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se
encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones
humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra
con las cosas?
El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión,
donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden y
privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que
hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están
convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.
El shopping center, o shopping mall, vidriera de todas las vidrieras, impone
su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este
templo mayor de las misas del consumo. La mayoría de los devotos contempla, en
éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría
compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El
gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los
maniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y
para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos
del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de
la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales
más famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza.
Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos
acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro. El
tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido
por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados,
vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son
convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la
cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del
mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas.
La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso
mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la
necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas
por otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la
inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el
capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la
velocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo
trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shoppings
centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad.
Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin
memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la
peligrosa realidad del mundo.
Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía
de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes
que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la
publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a
mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido
el planeta unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió
privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen
la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede
ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada
necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La
injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: es una
necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center
del tamaño del planeta.
*****
http://libertepoursebas.blogspot.com/
http://blogs.aol.fr/xarlo/txakal
Por Eduardo Galeano
La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las
guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo
proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble.
La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece
no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo
suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad,
cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo,
acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar.
La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo
sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más
amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden
por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza
humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus
imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero
ni modo: para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del
televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada
más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba
consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.
El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos.
Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir
a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las
flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En la
fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está
condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar.
Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la
industria farmacéutica.
EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas
que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas
prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta
que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.
«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio
del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango,
ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre.
«Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el
barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana
de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven
comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas».
Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la
rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca,
impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la
uniformizació n obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del
partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los
seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.
El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde
la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación.
Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad
severa» ha crecido casi un 30 % entre la población joven de los países más
desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los
últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de
Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas
y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor
cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil
para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa
cuatro horas diarias devorando comida de plástico.
Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando los
paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina
local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos
países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio
colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de
los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de
la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición
del saber químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de
la fast food. La plastificació n de la comida en escala mundial, obra de
McDonald's, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la
autodeterminació n de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el
alma una de sus puertas.
El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que
la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eterna
juventud y que el menú de McDonald's no puede faltar en la barriga de un buen
atleta. El inmenso ejército de McDonald's dispara hamburguesas a las bocas de
los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M
sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este de
Europa. Las colas ante el McDonald's de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y
platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el
desmoronamiento del Muro de Berlín.
Un signo de los tiempos: esta empresa, que encarna las virtudes del mundo
libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato.
McDonald's viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países donde
opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama
la Macfamilia , intentaron sindicalizarse en un restorán de Montreal en Canadá:
el restorán cerró. Pero en el 98, otros empleados e McDonald's, en una
pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Guía
Guinness.
Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad
ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en
cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto de
siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos,
los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el
tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre,
tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y
el televisor tiene la palabra. Comprado a plazos, ese animalito prueba la
vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos.
Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y
pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual
banco ofrece.
Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuntos contra la
soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan,
comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla. La
cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los
agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo. Y
las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también pueden ser símbolos de
ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de
clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor:
las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad
no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de
menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar
fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar?
El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son
solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética
individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobre
la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el
dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos
de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia
es asunto de especialistas.
Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil años de
vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros
cultivos, a fines del paleolítico. La población mundial se urbaniza, los
campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y
enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas.
Expulsados por la agricultura moderna de exportación, y por la erosión de sus
tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en
todas partes, pero por experiencia saben que atiene den las grandes urbes. Las
ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los
campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las
ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren
los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es
gratis y que los más caros artículos de lujo son el aire y el silencio.
Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia
un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían «porque la gente
tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra
con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se
encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones
humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra
con las cosas?
El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión,
donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden y
privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que
hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están
convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.
El shopping center, o shopping mall, vidriera de todas las vidrieras, impone
su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este
templo mayor de las misas del consumo. La mayoría de los devotos contempla, en
éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría
compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El
gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los
maniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y
para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos
del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de
la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales
más famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza.
Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos
acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro. El
tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido
por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados,
vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son
convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la
cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del
mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas.
La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso
mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la
necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas
por otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la
inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el
capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la
velocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo
trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shoppings
centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad.
Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin
memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la
peligrosa realidad del mundo.
Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía
de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes
que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la
publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a
mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido
el planeta unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió
privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen
la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede
ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada
necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La
injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: es una
necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center
del tamaño del planeta.
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